La trampa de saber lo que no quieres

“No sé lo que quiero, pero tengo muy claro lo que no quiero, y eso ya es algo”

He escuchado esta frase muchas veces en los últimos dos años, es un tema que se repite en la mayoría de las personas que conozco, y en muchos de mis clientes. Yo misma repetí está fase durante demasiado tiempo.

Es una trampa. Tener claro lo que no quieres no necesariamente te acerca a saber lo que quieres, no es un primer paso. Más bien todo lo contrario.

En mi experiencia, esto es sólo una excusa para no actuar, y para no tomar decisiones. Pensando de esta manera formulamos nuestros objetivos en negativo. “Quiero no estar estresado en el trabajo”. Esta es una afirmación general, indefinida, y por lo tanto poco realista. Los objetivos que no son claros y definidos son solo deseos, porque no hay una toma decisión que lleve a la acción. Sin acción, evidentemente, no es posible realizarlos.

Por este motivo, cuando inicias un proceso de coaching, tu objetivo se tiene que expresar siempre en positivo. Es decir, definir ¿qué es lo que quieres?

Volviendo al ejemplo de “no estar estresado en el trabajo» expresado en positivo sería contestando a una serie de preguntas como; ¿Cómo se puede decir “no estresado” en positivo? ¿Cómo se siente, y se ve “no estar estresado”? ¿Para qué quieres “no estar estresado”?

Entonces, estás obligado a empezar a definir qué es lo que quieres. Es muy difícil seguir avanzando cuando estas conectado con lo que no quieres. Hay que darle la vuelta a la moneda, ver la otra cara.

“Si no sabes dónde vas, acabarás en otra parte.”

Laurence Johnston Peter

Es decir, no estar estresado para esa persona puede significar, por ejemplo, tener sensación de calma, estar completamente concentrado en lo que está haciendo, que ya no le duela la espalda, disfrutar con su trabajo, sonreír más, y poder marcharse a casa a las cinco de la tarde para poder tener tiempo libre para dedicarle a su familia y amigos.

En general, nos es más difícil conectar con lo que queremos porque esto nos obliga a contestar preguntas cuyas respuestas tal vez nos son incómodas. Estas respuestas nos pueden obligar a ver partes de nosotros que hemos estado ignorado, situaciones y relaciones tóxicas en las que hemos estado inmersos; frustraciones y tristezas que no hemos superado.

Conectar con lo que queremos significa dejar la negación, tomar consciencia, volver a ver. El peligro inconsciente del que nos queremos proteger aferrándonos al “saber lo que no queremos”, es que una vez hemos tomado consciencia de estas respuestas incómodas, no hay marcha atrás. A partir de este punto la única forma de avanzar es tomar decisiones.  Esas decisiones no suelen ser fáciles. A veces significan terminar relaciones, cambiar de trabajo, decidir llevar una vida sana, cambiarnos de ciudad, perdonar a alguien, o asumir un error.

“La única forma de avanzar es tomar decisiones.”

Otro ejemplo, me lo dieron hace poco. Una mujer me comentó que eligió su carrera por descarte. Como no sabía lo que quería estudiar, empezó a descartar todo lo que no le gustaba hasta llegar a una que no le disgustaba. Esta persona, desde luego no estudio nada que no le gustará, pero eso no significa que haya estudiado algo que le llenara a largo plazo, que le gustase de verdad. Es el punto intermedio, el gris en el que por sentir algo de seguridad, nos gusta tanto movernos.

A la edad en la que tenemos que elegir lo que queremos estudiar en la universidad, es perfectamente normal no tener ni idea porque somos muy jóvenes, estamos empezando a experimentar el mundo por nuestra cuenta. Aún no sabemos quiénes somos realmente.

Esté sí que es el primer paso; admitir que de momento no sabemos lo que queremos. Esto es más sincero, es más auténtico y sí te acerca a saber lo que quieres.

¿Alguna vez has estado en una conversación en la que alguien pretende saber de lo que se está hablando cuando en realidad no tiene idea? Lo hace por no sentirse inferior a los demás, es un reflejo humano. Sin embargo, pretendiendo saber se pierde de la gran oportunidad de aprender. Pierde la oportunidad que le expliquen de lo que están hablando, admitiendo que de este tema, no sabe.

Lo mismo pasa con lo que queremos. Admitir que no lo sabes, te abre las puertas a explorar, a seguir tu curiosidad, a cuestionarte las cosas. En este proceso el aprendizaje es enorme. También te abre la mente a nuevas experiencias, nuevas amistades y nuevos conocimientos.

Estás buscando, y eso es ya es actuar.

Durante este proceso de aprendizaje empiezas a definir. Empiezas a poner el foco en lo que te hace que tu corazón palpite más rápido, lo que te apasiona, lo que te ilusiona. Ahí hay muchas claves para saber lo que quieres.

También empiezas a conectar con tus valores, a conocerlos, a identificar que ellos nos sirven de compás, y todo lo que no esté en línea con estos valores nos desconecta. Cada uno de nosotros tiene una serie de valores que son personales y diferentes a los de los demás. No tienen que ver con la moralidad, ni con las normas sociales establecidas. Sus raíces son más profundas.

Uno de mis valores cardinales, por llamarlo de alguna manera, es la lealtad. Lo cultivo en mí y lo admiro en las demás personas. Todo lo que significa un comportamiento desleal me supone un conflicto interno. Tardé años en entender que esto era lo que fallaba en algunas de mis relaciones personales y laborales. Nuestros niveles de lealtad eran diferentes.

Una vez identificados tus valores, tus pasiones, las cosas que te hacen feliz, estás más cerca de saber lo que quieres. Luego viene la fase de la honestidad con uno mismo. El momento de hacernos las preguntas incómodas que mencionaba antes. La fase de no retorno, en la que has dejado tu zona de confort.

Cuando tienes claro lo que quieres, entonces es necesario definir tu versión del éxito. Es diferente para todos.

Es muy importante distinguir lo que quieres de lo que los demás esperan de ti. No es lo mismo, y es muy fácil perderse en lo que esperan los demás de nosotros. No olvides que es tu vida, y tú decides siempre.

Nuestra definición de éxito nos ayuda a encontrar medidores de lo que vamos consiguiendo. Uno de mis medidores de éxito son los viajes que hago al año y los lugares que tacho de mi lista de sueños. Cuando me siento estancada, reviso mis medidores de éxito. Si veo que hay avances es esos medidores, genial, voy por buen camino. Sino, reviso el plan, corrijo el curso, me pongo en acción de nuevo.

El dinero no es un medidor de éxito real. Puede ser uno de tus medidores, pero no debe ser el único. Puedes tener mucho dinero y ser proporcionalmente infeliz. Nuestros sueños suelen ser más grandes que la mera acumulación de cosas.

Finalmente, hay que probar lo que quieres. Si uno de tus sueños es saltar de un avión con paracaídas, hay que saltar para saber si te gusta. Puede que te resulte la experiencia más apasionante del mundo, o puede que te decepcione. No lo sabrás hasta que lo pruebes.

Si no te gusta, ya sabes que esto no era. Ser flexible y admitir opción al error también nos permite perder el miedo al fracaso, a si las cosas no salen como esperábamos.  Siempre se puede corregir el curso, y nada de lo que aprendes en el proceso es inútil.

 Deja de esconderte en la trampa del “saber lo que no quieres” y lánzate.

 Lo que quieres existe. No te conformes hasta conseguirlo.

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